El derecho a equivocarnos


Habrá un antes y un después de las elecciones del 3 de mayo de 2009. Habrá un antes y un después de las polémicas declaraciones del que será tristemente recordado como uno más que se lo llevó la justicia pretendiendo ser el moderno rey Midas o talvez sólo un vulgar encantador de serpientes. Y puede que habrá un antes y un después si algún día se descubren vínculos del encantador de serpientes con connotados personajes, a menos que los vigilantes del norte decidan sepultarlo entre los barrotes sin que nunca jamás se conozco otra de sus historias.

Mientras esto se encuentra en marcha, sin que podamos hacer nada y aunque algunos quisieran intervenir en el curso de la historia para cambiarla y borrar las huellas de su participación, el resto de los ciudadanos tendrá que ejercer el derecho a decidir con fundamentos o equivocarse en base a campañas engañosas. Existe la probabilidad de que un segmento de la sociedad se equivoque. Es intrínseco de los humanos tropezar para poder evolucionar.

En una nación pequeña, donde una gran mayoría de los habitantes es motivada por los vientos que soplan de temporada, aunque estos sean artificialmente creados con la intención de provocar un resultado controlado, es lógico pensar que una maquinaria propagandística con los suficientes recursos económicos puede llegar a obtener lo que se proponga. Pero como todo artificio, estos finalmente tiende a desvanecerse dando paso a la realidad y la realidad puede ser violenta cuando el descontento cae sobre segmentos vulnerables.

Cuando esa realidad se materialice, aquellos que siendo parte de la minoría que decidió por la mayoría, serán los responsables del curso equivocado o no que tome el país. Siendo esto el producto de la incapacidad premeditada de un sistema que se niega a jugar a la verdadera democracia con la máxima de “la mitad más uno”.

Ante esa realidad descubriremos si estábamos escuchando, viendo y siendo sugestionados para aceptar algo que representaba nada más que promesas y mensajes destinados a conducir a las masas sugestionables a un acto para un día y no a un compromiso con la sociedad. Intención que fue consciente o inconscientemente apoyada por muchos que podremos identificar.

Si descubrimos que fuimos engañados con cuentos de leche y miel, que no existe la olla de oro al final del arco iris, habrá sido nuestra decisión en pleno derecho ciudadano y tendremos que afrontar las consecuencias de esa decisión ante el resto de la sociedad. Lo único que pudiese prevenirnos de ejercer el derecho a equivocarnos es realizar un examen desapasionado, alejado de las utopías y ejercer en la soledad del recinto de nuestra conciencia nuestra mejor decisión.
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