¡Discúlpeme, pero perdóneme!

Vivimos en una sociedad exigente, donde se exaltan valores como la excelencia, la integridad, el compromiso, la responsabilidad y la dedicación. Valores que son muy apreciados y donde los errores y o el ser poco cuidadosos puede no ser tolerados. En ocasiones el descuido puede llegar a costar mucho a quien los comete, al extremo de mandarlo a vacacionar tras las rejas.

Hoy, se exige que no nos equivoquemos, que no cometamos errores, que seamos honestos y que no timemos. Las empresas exigen la inexistencia del error en sus empleados, de lo contrario pagan con sus propios salarios el demostrar ser humanos, si es que no son despedidos.

¿Quién no ha visto el nerviosismo de una cajera cuando se equivoca a favor del cliente?, qué diferencia si es a favor del comercio. ¿Quién no conoce cómo se exprimen los sesos los autómatas bancarios, cuadrando las cuentas hasta que no falte ni un solo centavo, salvaguardando su pan? Y si los empresarios no toleran equivocaciones, ¿qué puede decirse de los llamados clientes?, estos pueden tener peor reacción que los primeros. ¿Quién aceptaría que por equivocación le extirparan un órgano vital? ¿Quién aceptaría que por error, negligencia o por no tomarse el tiempo necesario para investigar bien antes de tomar una decisión, se realizara una acción que le costase parte de su patrimonio?

Hay profesiones donde se tiene que no ser humano, se tiene que ser excelente sin que se vislumbre el más mínimo error. Sin embargo, hay otras profesiones que, aunque se supone tienen mucha responsabilidad, sí pueden meter la pata a cada rato, cuales deportistas.

Pueden equivocarse los abogados, cuando por algún error un cliente pierde un caso o para en la cárcel. Pueden equivocarse los corredores, cuando las inversiones fracasan, pero ellos salvan sus dividendos. Pueden equivocarse los banqueros cuando quiebran, pero ellos se retiran millonarios. Pueden equivocarse los diputados cuando dicen cualquier torpeza sin documentarse. Debe ser que sus responsabilidades son tan insignificantes que sus metidas de patas se equiparan con sus capacidades.

¿Y qué decir de otras profesiones donde se tienen las riendas de un país? ¿Donde se permite meter las patas al nombrar individuos de oscuro pasado, donde se incorpora a la gestión gubernamental gente acusada de delitos, no idónea o completa indocto en las áreas que administrarán?

Discúlpenme, pero perdónenme. La gestión gubernamental sí necesita de excelencia, los errores son inaceptables y no pueden olímpicamente ignorarse. No hay cabida para el ensayo y el error, eso denota poca preparación o improvisación que no puede darse cuando se tienen tantos patronos, aunque siempre existe la posibilidad de que las grandes mayorías metieron la pata y escogieron mal al administrador de la Nación, lo que en cinco años puede remediarse.
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