Mes de la #AutopublicaConKindle Oferta

El excelentísimo se preparó mentalmente esperando que nuevamente sonara el celular, ese que solo su asistente y el conocían de su existencia. El sonido polifónico de un toro en celo identificaba al generador de la llamada, no había equivocación.
   Buenos días Don Ernesto. ¿Cómo ha estado? ¿En qué puedo ayudarle tan temprano?
            Una voz gutural respondió.
   No tienen nada de buenos, imbécil. Estamos ante una situación que puede volverse potencialmente peligrosa para nuestros intereses.
            El excelentísimo intento protegerse del vendaval que se avecinaba.
            — ¿Qué puede estar mal Don Ernesto? No he...   
            — ¿No lee los periódicos, no ve las noticias? ¿En qué mundo vive estúpido? Esa asistente lo está volviendo loco, ya no piensa en nada más. ¿Acaso cree que no estoy informado de la existencia de ese portento de hembra que saco del cabaret? Si sigue haciéndose el idiota ordenare el traslado de esa asistente.
Una inoportuna obstrucción en la garganta le impedía responder, enfermedad repentina que había afectado a otros mandatarios istmeños obligándolos a abandonar el poder por cuestiones de salud. Don Ernesto estaba al tanto más de lo que se imaginaba de cada paso que daba dentro y fuera de los corredores políticos. Eso sí que era un problema. Un verdadero inconveniente; una lacerante espada que pendía sobre su cabeza y que tarde o temprano tendría que enfrentar. La retreta por parte  de Don Ernesto continuó.
Iré directo al grano. Ese asunto de Monte Oscuro se está saliendo de control. Póngale término ya......
Publicar un comentario