¿Estamos en un Estado fallido?

REFLEXIÓN

Gabriel J. Perea R. |  


Para algunos, este título pudiese parecer apocalíptico, alarmista o poco realista. Sin embargo, para otros no es que el país se encamine a ser un Estado fallido, pues ya lo es. Pero ¿qué es ser un Estado fallido? Quienes dicen entender el desenvolvimiento de las sociedades utilizan este término para describir un Estado que fue soberano, pero falló en garantizar los servicios básicos a los ciudadanos en su territorio.

Es ahí donde surge la controversia a la que se refieren con los “servicios básicos” para tratar de enmarcar el concepto. Se trata de prestaciones que solo un Estado puede proveer, en función del mandato de la colectividad, a través de elecciones libres y democráticas. Enumeremos algunas de estas: control del territorio, uso legítimo de la fuerza mediante leyes que lo regulen, garantías de la integridad, honra y bienes de los asociados, dotación de agua potable, electricidad y alimentos. Todo esto para brindar o facilitarle a la colectividad un modo de vida aceptable, mas no ideal. Y puede haber muchas más descripciones.

Si tomamos, como premisa, que se trata de aquellos servicios que el Estado debe proporcionar como retribución de los impuestos que el ciudadano paga para gozar de tales servicios, entonces no tenemos que esperar la pérdida del control del territorio ni la declaratoria de una guerra civil para afirmar que el Estado ha fallado en su misión. Esto sucede cuando la delincuencia es dueña de nuestras calles, cuando la impunidad reina y vemos a ciudadanos comunes esposados contra el piso, mientras otros entran por la puerta de atrás de la Corte, como privilegiados; cuando el desempleo o la mísera paga que reciben los trabajadores no les alcanza para suplir sus necesidades inmediatas; cuando la seguridad social no puede garantizar el suministro de medicinas, atención médica ni las pensiones.

Estamos en un Estado fallido cuando los empleadores explotan al ciudadano común, obligándolo a trabajar jornadas esclavistas; cuando los bancos asfixian a la clase media, pero se hacen los ciegos ante la podredumbre del manejo de transacciones a alto nivel; cuando vemos que la ciudadanía no se alza ante la corrupción y acepta como algo bueno que un político robe, con tal de que les deje caer unas migajas.

¿Qué nos espera? Si, como ciudadanos, dejamos de ver la realidad, llegará el fin de este gobierno y nos daremos cuenta de que no pasó absolutamente nada. Que nadie quedó preso, que regresarán los políticos de feria, con sus espejos de colores y que el crimen paga. Tomemos conciencia de que ese siempre ha sido y será el juego del poder, y que la era de los verdaderos estadistas es cosa del pasado.
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