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La pobreza causa la mayor catástrofe sanitaria en décadas en EEUU




Un vagabundo comiendo en un centro de caridad de Richmond, (California) el pasado día de Acción de Gracias. 
Sheila G. está dando de comer a las ardillas en el traspatio de su casa en Waldorf, en Maryland, a un par de horas en coche de Washington. Cuando se le pregunta por la salud de su esposo, Bill, que está en el garaje de venta de coches usados en el que trabaja, responde, mientras encadena un cigarrillo tras otro: "Como siempre.Está esperando a que le llegue el final, ya sabes".  
Bill G., de 55 años, nacido y criado en la ciudad de Washington, está jugando con fuego. En julio llegó a tener una concentración de azúcar en sangre de 700, es decir, siete veces el nivel normal, y en la barrera a partir de la cual se puede entrar en coma diabético. A pesar de eso, y de tener una obesidad tal que cuando va al médico tienen que pesarle en una báscula especial, para que no rompa la de los pacientes normales, sigue alimentándose a base de comida basura y tartas.
Así que puede convertirse en un caso más de un fenómeno que acaban de descubrir los estadísticos de Estados Unidos: el aumento de la mortalidad de los blancos de entre 45 y 54 años. Es un fenómeno que desde 1999 ha costado medio millón de vidas, es decir, más que los muertos en ese país por la epidemia de VIH en la década de los ochenta y noventa. Y que se concentra exclusivamente entre los blancos con estudios de Bachillerato, cuya mortalidad ha subido un espectacular 22,35% en este periodo. De haberse mantenido la tendencia del periodo 1980-1999 debería haber caído casi un 31%. Eso significa que los fallecimientos entre este grupo de población son cerca del doble de los que se supone que tendrían que producirse, al menos teniendo en cuenta la tendencia histórica,
"Un episodio único desde los puntos de vista histórico y geográfico", según explican en un artículo publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) sus descubridores, Anne Case y su esposo Angus Deacon, que hablan de "una epidemia" que amenaza con crear "una generación perdida" de personas de mediana edad. Ambos han rechazado ser entrevistados por EL MUNDO, tal vez porque deben de tener una agenda muy apretada: el día 10, Deacon recibirá del rey Carlos XVI de Suecia el Nobel de Economía y, presumiblemente, su esposa, Case, estará con él.
¿Por qué cada vez se mueren más blancos de mediana edad en EEUU? Según estos investigadores, por tres motivos fundamentales: suicidio, alcohol y abuso de medicamentos. Las muertes por diabetes también han subido, aunque en menor proporción. El único gran factor de moralidad que está descendiendo claramente es el cáncer de pulmón, a medida que el consumo de tabaco se reduce.
La consecuencia es que hoy mueren más blancos de entre 45 y 54 años en EEUU por adicciones a medicamentos y al alcohol que por cáncer de pulmón. "El suicidio amenaza con sobrepasar al cáncer pronto", escriben Case y Deacon, que son profesores en la Universidad de Princeton.
Luchar contra el VIH (650.000 muertos en 35 años) implicaba, al menos, un enemigo claro. Pero esta nueva epidemia que se ha cobrado 500.000 vidas en 15 años es más compleja. Porque, en último término, es una enfermedad diferente: se llama pobreza. Sus mayores víctimas son personas que sólo tienen el Bachillerato. Lo que se llama coloquial - y racistamente - basura blanca, o white trash. Es una comunidad cuyos ingresos reales-o sea, ajustados al coste de la vida- entre 1999 y 2013 cayó un 19%. En un país en el que el sistema de pensiones público es mínimo, esta generación ha visto cómo sus ahorros desaparecían dos veces, en la crisis de las puntocom en 2000 y en la de las hipotecas basura, en 2008 cuando, además, la mayoría de ellos perdieron su empleo o, en el caso de Bill y Sheila, tuvieron que cerrar el restaurante del que eran propietarios.
Los patrones, además, son confusos. Entre 1999 y 2005 aumentó la mortalidad de los hombres, pero desde entonces ésta se ha estabilizado. En la última década son las mujeres las que han visto cómo sus muertes se disparaban. Tal vez sea Sheila,  que fuma más de una cajetilla diaria y sólo bebe cerveza y refrescos, quien esté más en peligro que Bill.
Pero lo que está claro es que los padres de esta generación nunca entraron en la cincuentena con la posibilidad, muy real, que afronta Bill cada día en el garaje, o Sheila en la empresa de limpieza para la que esta mujer de 53 años friega suelos: que sus jefes les digan que no hace falta que vuelvan a trabajar mañana. Eso explica, según Case y Deacon, que las muertes por suicidio en este grupo se hayan multiplicado tres veces y media en 15 años, que las producidas por adicciones hayan aumentado un 40%, y que las provocadas por cirrosis lo hayan hecho en un 33%. De hecho, uno de los síntomas que presentan las personas de mediana edad en EEUU es la persistencia de dolor crónico. Y, según explican Case y Deacon en otro artículo publicado por la Oficina Nacional de Investigación Económica (NBER) en agosto, el dolor físico es, más que la satisfacción con la propia vida, uno de los principales elementos para predecir el suicidio.
No sólo eso. Esta generación ha perdido gran parte de sus señas de identidad. Son blancos y en su mayor parte de zonas rurales. Han visto cómo la primacía social y cultural que tenían casi como un derecho de nacimiento está desapareciendo. Los asiáticos están mejor educados, los negros están mejor organizados y los hispanos son cada vez más. Los blancos pobres se han quedado atrás esperando, literalmente, la muerte.