País de ilusiones

La patria comenzó con muy buenas intenciones, se quería construir la patria de todos
Gabriel J. Perea R.
opinion@laestrella.com.pa




Érase una vez un país llamado Panamá. Bueno, así comienzan algunas historias, pero esta comenzó alguna vez en un lejano pasado cuando nos aburrimos de ser colombianos y decidimos ser nosotros mismitos, panameños pasase lo que pasase y la historia continua escribiéndose y como cada quien lo narra cómo le da la gana, yo les comparto esta narración. Y aunque algunos no les guste, pues ahí va.
Pues bien, la patria comenzó con muy buenas intenciones, se quería construir la patria de todos, se quería que este fuera un pedazo de tierra donde todos sus habitantes pudieran satisfacer sus necesidades: trabajo, vivienda, educación, seguridad y todas esas cositas que el ciudadano quiere que se le brinden para no sentir que sus impuestos van a parar a los bolsillos de otros y él sigue sin superar la vivienda de piso de tierra y letrinas. Pero no ha sido así, nuestra historia es una historia marcada por un caminar casi cual procesión de Portobelo, con tres pasos hacia delante y dos pasos para atrás, con el respeto del santo que no nos puede ayudar si no ponemos de nuestra parte.
Cada Gobierno después de la época de las botas que tumbó a los anteriores caudillos señoriales, ha sido la repetición de lo mismo, acusaciones de corrupción, despilfarro, escándalos sin que jamás alguna de esas acusaciones llegue a alguna parte, y viene más, porque se seguirá repitiendo el mismo patrón, entra un Gobierno a salvar la patria y sale a esconderse proclamándose perseguido político.
¿Y ahorita qué tenemos en la mitad de este capítulo patriótico?, tenemos feroces fiscales que no le temen a nadie y están levantando cuanta cloaca encuentran o alguien publica indicios de malos olores. Esperaremos a ver cómo se siguen desenvolviendo esas actuaciones históricas o que se les acaben los ánimos en cuanto cambie el Gobierno.
¿Y los ciudadanos qué? Pues observando cómo se respetan los derechos de los señalados, cómo ejercen toda clase de jurisprudencia para que no pasen pero ni un ratito conversando con otros reos, cómo un dolor de cuello impide un proceso. Hemos tenido la oportunidad inigualable de entender en este capítulo histórico que sí existe la diferencia de clases como un hecho innegable, puesto para unos existe la justicia y el debido proceso, pero para otros, solo la esperanza y nada más.
Se continua escribiendo este singular capítulo donde a un ciudadano común se le persigue a muerte y se le acosa por una deuda, donde no tiene protección ciudadana y sale todos los días por su propio riesgo, donde no hay medicamentos ni transporte adecuado, pero a otros se les respeta el debido proceso y nadie, pero nadie, protesta ni defiende a ese ciudadano sin nombre ni apellido en este país de ilusiones, porque de eso vive el ciudadano, de las ilusiones de que algún día vendrá un capítulo que lo haga sonreír.
*ASESOR TECNOLÓGICO Y AUTOR DE ‘ONCE CUENTOS'.
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