En Conmemoración de la Gesta de Reafirmación Soberana de Enero de 1964 en la Ciudad de Colón
SIEMPRE ENERO DE 1964
Por: Prof. Luis
Navas P.
Justo ahora, han transcurrido 58 años de la épica confrontación entre los patriotas panameños y las fuerzas colonialistas de los EUA en Panamá.
Aquel jueves en
horas de la tarde, los institutores tomaron la decisión de hacer respetar el
acuerdo binacional que obligaba a izar la bandera panameña junto con la
estadounidense en los ya de por sí pocos edificios zoneítas seleccionados. Sí.
No eran todos. Éste, en cuyos predios estamos, era uno de esos pocos.
Esa marcha
animada con el irrenunciable amor a nuestra identidad se topó con el “odio
racial de los colonos”, los llamados “zonians”. Era la primera vez que se iba a
escenificar ese tipo de confrontación. Anteriormente, las hubo con las
autoridades judiciales, de policía y militares, pero nunca con la propia
estructura social del poder colonial que se erigió desde 1904, en las 10 millas
de ancho conculcadas a la joven república panameña.
Antes de 1964,
hubo confrontaciones muy localizadas sin envolver a tan amplios sectores
sociales. Por ejemplo, en 1925 ocupan militarmente las ciudades de Panamá y
Colón, para reprimir al movimiento inquilinario, y asesinan a dos jóvenes
trabajadores: Ferdín Jaén y Marciano Mirones. Cómo recordarlos dada la
prohibición expresa del gobierno de Rodolfo Chiari (1924-1928) de conmemorar la
fecha. En 1947, recurren a la entonces Policía Nacional en su afán de seguir
usufructuando, entre otras, la base militar de Río Hato y la isla San José. La
primera potencia militar y atómica que emerge de la Segunda Guerra Mundial
sufrió una vergonzosa derrota con el rechazo al Tratado de Bases Militares
(Filós- Hines), fruto de la protesta popular, a pesar de que la dura represión
sentó al estudiante Sebastián Tapia, en una silla de ruedas. Las clases
dominantes panameñas reaccionaron en ese momento con la tesis: la soberanía no
se come.
A partir de esa
gesta, las relaciones de Panamá con los EU no serán de exclusividad de los
grupos hegemónicos que se ven obligados a contar con el escrutinio del
movimiento estudiantil organizado, especialmente la ahora desaparecida Federación
de Estudiantes de Panamá. Continuadora del ejemplo establecido por el
Movimiento Obrero Nacional con la improbación del Tratado Kellogg-Alfaro
(1926).
La bandera que
encabezó la lucha de 1947 fue la misma que portaban los institutores para ser
izada en el Balboa High School en enero del 64.
Los
institutores no superaban los 500 y sólo a una minúscula representación se le
permitió el acceso a un colegio secundario en el que estudiaban 1,851, hijos de
militares o miembros de trabajadores blancos del “gold roll”, de los que 74 no
eran estadounidenses, y entre ellos, unos pocos panameños.
En toda lucha
anticolonial, la estructura social ultraconservadora es la de los colonos,
aferrados con fuerza a sus privilegios. Los zonians pensaban que habían pagado
10 millones de dólares por las diez millas de la Zona del Canal y que, por el
Tratado Hay-Bunau Varilla, le pertenecía a perpetuidad. Que teníamos que
aceptar su “acción civilizadora” ignorando nuestra identidad templada por el
legado heredado de las luchas de resistencia de nuestros grupos originarios,
como los dirigidos por Quibián que rechazó el primer acto colonizador de
Cristóbal Colón en tierra firme o los de Urracá; de los negros cimarrones como
Bayano; o del mulato Pedro Prestán o el cholo Victoriano Lorenzo.
Siempre
exigimos que la bandera panameña fuera izada en la Zona del Canal como
demostración palpable de nuestra soberanía. En las negociaciones del Tratado
Remón-Eisenhower lo intentamos y también reclamábamos el empleo del idioma
español, en la Zona del Canal. Se intentó en mayo de 1958 y se reintentó en
noviembre de 1959. En 1960 nos engatusan izando únicamente las dos banderas en
lo que se conoció como triángulo Shaler. Después denominada Plaza Ascanio
Arosemena, sitio conmemorativo borrado con las nuevas edificaciones de la
Asamblea Nacional. Es más, una de las dos astas instaladas en 1960, es la que
aparece desde 1986, en la entrada principal de la Asamblea Nacional, sin que al
menos una pequeña placa indique su origen histórico.
La gesta de enero
de 1964 trascendió porque se impactó la conciencia nacional y la del mundo.
Miguel “Mike” Moreno enviado como embajador extraordinario ante la OEA, con
películas y fotos testimonió la vil agresión de la que habíamos sido objeto.
Denunció el asesinato de 21 panameños. 18 en la ciudad de Panamá y 3 en la
ciudad de Colón. Igualmente, 19 hombres y 2 mujeres, más precisamente niñas:
Rosa Elena Landecho de 11 años estaba en el balcón del multifamiliar de San
Miguel, corregimiento de Calidonia. Un proyectil le destrozó el cráneo, el 10
de enero en horas del mediodía. En Colón, en la madrugada del 12 de enero,
ingresó al Hospital Amador Guerrero, el cuerpecito en pañales de una infanta de
solo 6 meses, con los pulmones colapsados, Maritza Alabarca. Ambas asesinadas
en sus respectivas residencias.
Nuestro primer
mártir, Ascanio Arosemena, fue abatido el 9 de enero a las 7:30 p.m. por un
potente disparo que le destrozó el pulmón derecho y le cortó la aorta.
Mientras en la
ciudad de Colón se combatió hasta la mañana del 12 de enero. Allá, por
consiguiente, se dieron los últimos combates, los últimos heridos y mártires. A
mi hermano Juan Antonio Navas Pájaro, lo hieren en los últimos minutos del 11
de enero. Un perdigón le impactó el cerebro. Minutos después asesinan al
sargento de la Guardia Nacional, Celestino Villarreta; y como lo indiqué, la
infanta Maritza Alabarca. Ello condujo al jefe de la Guardia Nacional, el
coronel Bolívar Vallarino, a enviar a Colón un contingente de guardias al mando
de los mayores Omar Torrijos Herrera y Boris Martínez. Los combatientes heridos
y recluidos en el hospital fueron inmediatamente arrestados y conducidos a la
cárcel. No pudieron hacerlo con mi hermano ya que previamente lo trasladaron de
urgencia a la sala de neurocirugía del Hospital Santo Tomás, dirigida por el
extraordinario galeno Antonio González Revilla.
El primer
mártir colonense fue Carlos Renato Lara. Abatido el 11 de enero. Más de dos le
dispararon, un balazo le destruyó el cerebro, mientras que recibió varios impactos
de perdigones en el tórax y en el abdomen.
El 9 de enero
también trascendió por la conducta firme y patriótica de Roberto Francisco
“Nino” Chiari. Quién se hubiera atrevido a pensar siquiera que el hijo del
presidente Rodolfo Chiari, mismo que solicitó y agradeció la intervención
militar de los EUA en octubre de 1925, iba a tomar la valiente decisión de
romper relaciones diplomáticas y acusar a esa potencia por agresión en la OEA y
en la ONU. Fue él quien instruyó en las primeras horas del 10 de enero, al
profesor de derecho de la Universidad de Panamá, y destacado militante del
Frente Patriótico de la Juventud de la década del 40, Eloy Benedetti, para que
redactara la memorable nota de la ruptura de relaciones diplomáticas.
Chiari asume
esa decisión en medio de serias divisiones políticas propias de la campaña
presidencial en cierne. Paradójicamente, la única fuerza política que se rehusó
a apoyar a Chiari fue la del consuetudinario candidato, Arnulfo Arias Madrid y,
al percatarse del error garrafal, emite un segundo comunicado apoyando la
gestión de unas nuevas negociaciones.
Puedo
referirme, aunque sea brevemente a otras dos paradojas. Ciertamente, la fuerza
política que hizo “lobby” en los pasillos del senado estadounidense contra los
tratados de 1977, fue la que recibió el 31 de diciembre de 1999 al mediodía,
hora de Panamá, la transferencia del canal. De la misma manera, los que se
opusieron a la ampliación del canal, fueron los que, 10 años después, les
corresponde su inauguración.
Soportando todo
tipo de presiones, se logró el acuerdo del 3 de abril de 1964, que inicia el
nuevo proceso de negociaciones. El compromiso era reanudar las relaciones
diplomáticas e iniciar un proceso de negociación que eliminara las causas de
conflicto y concluyera con un tratado justo y equitativo para ambas partes.
Esas negociaciones se prolongaron por 13 años. Salieron a relucir las dos
grandes opciones que anidaban en el seno de la sociedad panameña. Una, la
tradicionalista que, guiada por el fatalismo de pequeño país, pendientes más de
las migajas del gran negocio transitista, creía sinceramente que era una
quimera pensar que los EUA se irían de Panamá, y, además, que los panameños no
tendríamos nunca la capacidad para manejar el canal y si los EUA se llevaban su
dólar, el país sucumbía.
La otra, la del
movimiento popular, que siempre propuso la recuperación del canal y la salida
de las tropas extranjeras de nuestro territorio como condición indispensable
para culminar el proceso de formación de la Nación Panameña y garantizar
condiciones de desarrollo integral del país al acceder a la explotación de su
principal recurso natural.
El 9 de enero de 1964 catalizó la lucha anticolonial de nuestra nación y sepultó para siempre la etapa revisionista. La disyuntiva era: ser dueños o sirvientes del gran negocio canalero.
Este año
también debemos celebrar los 45 años de la firma de los Tratados Torrijos
Carter, cita que debe dar lugar a que intentemos reencontrarnos en base a la
búsqueda de objetivos compartidos frente a los nuevos retos que tenemos como
nación. Para esto, podemos contar como
plataforma de inicio las propuestas del llamado Pacto del Bicentenario,
Rompiendo Brechas. Estamos obligados a emprenderlo. Considero saludable centrarnos
en lo más importante, ubicar lo que es posible hoy. Pueda ser que, a 200 años
de la independencia de Panamá de España, a los 45 años de nuestra independencia
definitiva, decidamos el tipo de sociedad que queremos. Por la vía del debate y no de la
confrontación. En esa disyuntiva estamos y esa decisión les compete
exclusivamente a los panameños.
Parte de ese
esfuerzo pasa por honrar una vieja deuda de rendir honores merecidos a nuestros
héroes y mártires, porque el pasado de las naciones ilumina su camino hacia el
futuro.
Por
agradecimiento, debemos expresar sin ningún ninguneo el tributo a los tres
hombres que hicieron posible las negociaciones que terminaron con el
colonialismo y la presencia intervencionista de bases militares extranjeras en
el territorio panameño. Esos hombres son: Roberto Francisco “Nino” Chiari, el
general Omar Torrijos Herrera y el presidente Jimmy Carter.
En esa misma
línea de pensamiento tenemos una deuda de reconocimiento a la fuerza
multinacional y en especial la afroantillana que vino a construir el Canal de
Panamá. Así como hay un monumento a Goethals también debe destacarse a la
fuerza laboral que tuvo que enfrentar humillaciones, pero que, en la última
semana de febrero y primera de marzo de 1920, bajo la conducción del maestro
William Preston Stoute organizó la primera gran huelga obrera de la historia
del canal.
Pueda ser que
nuestra actual fuerza laboral canalera no olvide su herencia o su origen
histórico y tampoco olviden a quién le pertenece el Canal de Panamá. Deben
tener muy presente que es un bien inalienable, lo dice la Constitución, que le
pertenece a la nación panameña. Sin negar el carácter laico del Estado y como
quiera que la mayoría de los panameños somos cristianos y acabamos de celebrar
el nacimiento de Jesús, el Cristo, debemos recordar que su preferencia es por
los pobres.
Resulta
inconcebible que el país que logró su soberanía sobre la totalidad de su
territorio; dueña absoluta del canal no pueda combatir la pobreza. Por ello,
hoy más que nunca sigue en firme el compromiso del uso más colectivo posible de
los beneficios del Canal y las hoy llamadas áreas revertidas.
Por último, me
atrevo a expresar una travesura. Pasar al rescate de nuestros héroes y
mártires. Superar el tributo exagerado a un aventurero, como el tal Balboa,
cuando nos sobran los Quibián, Urracá, Bayano, Pedro Prestán, Victoriano Lorenzo,
el santeño Segundo Villarreal, el natariego Francisco Gómez Miró, Justo
Arosemena, Tomás Herrera, el de Ayacucho, José Domingo Espinar, el de
Pichincha, Buenaventura Correoso y, por supuesto, Chiari y Omar Torrijos.
Finalmente, así
como se les rinde tributo a los gobernadores estadounidenses de la Zona del
Canal, debemos obligarnos a presentar una galería de nuestros más destacados
ministros de relaciones exteriores como Narciso Garay, Octavio Fábrega, Juan
Antonio Tack entre otros, y nuestros seis héroes institutores que en enero de
1964 impidieron que le arrebataran la bandera panameña. Tener siempre presente
las lecciones de enero de 1964: si ayer pudimos, hoy no podemos renunciar a
usufructuar todos y cada uno de nuestros recursos naturales. La lucha no ha
terminado, y ahora tiene un carácter planetario. Estamos obligados por la
propia suerte del canal a cumplir con los 17 objetivos del desarrollo
sostenible; a no inmiscuirnos en conflictos ajenos ya que lo nuestro es la
neutralidad.
La vida humana
y la del propio planeta están seriamente comprometidas. La Covid la
derrotaremos con disciplina.
Inauguración de
la placa en conmemoración de gesta de Reafirmación Soberana de Panamá en el
antiguo territorio de la Zona del Canal en los aciagos días de Enero de 1964.
Lugar: Esquina norte lateral derecha del Templo Masónico en la Avenida Bolívar y la calle once.
Rompamos el
silencio.
Digámoslo a
todo pulmón: Gloria eterna a nuestros mártires y héroes del 9 de enero.
¡Viva Panamá!
Panamá, 9 de enero de 2022.

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